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Un 25 de diciembre de 1983 falleció el genial artista catalán. Sus peculiares trazos, los colores primarios y su arte despojado dejaron una huella en la cultura del siglo XX

 

Hace exactamente 34 años, un 25 de diciembre de 1983, murió Joan Miró, uno de los artistas más importantes de los últimos años. Tenía 90, eran las  tres de la tarde en su residencia de Son Abrines, en la isla de Mallorca, junto a su esposa, Pilar Juncosa, y sus hijos Emilio y David y el resto de su familia. El desenlace estaba cantado, había entrado en un proceso de involución senil y días antes había recibido la extremaunción. Sin embargo, y pese a su desaparición física, Miró sigue presente pues su obra es de una osadía y una frescura inauditas, siempre vigente, siempre vanguardista.

La historia de vida de Miró fue intensa. Nació en Barcelona en 1893 y tras un paso lógico por oficios y changas que poco tenían que ver con su verdadera vocación, decidió involucrarse de lleno en la pintura. Era bueno, le sobraban condiciones y tenía una gran facilidad de aprendizaje. Tal es así que llegó a abrazar prácticamente todas las ramificaciones que las artes plásticas le permitían: fue pintor, escultor, grabador y ceramista. No dudó en zambullirse en el mar chispeante del surrealismo, y del contacto con sus poetas llegó a entender lo que realmente quería: lograr que sus obras provocaran en el espectador la misma intensidad que los buenos versos. Miró era un gran lector de poesía; algo de eso se percibe en sus pinturas y esculturas.

Para él —según el crítico de arte Georges Raillard— existían dos caminos: transformar el mundo por medio de la política, como sugería Karl Marx, o cambiar la vida por medio de la poesía, como propuso Arthur Rimbaud. Por eso, este pintor catalán entendió que sus armas eran los trazos, los colores, las formas. Eligió el arte para sacudir los cimientos del mundo, para dejar una huella en la historia, para construir una obra que trasciende cualquier época y da vueltas las concepciones estéticas. Y lo logró.

Hoy, a 34 años de su muerte, lo recordamos con diez obras fundamentales en su carrera. Porque si algo dejó su paso por el mundo es una forma peculiar de entender el arte, más despojado, sin tanto detalle o rebusque. Un arte para todos.

“El resumen calculado con el pájaro” (1943)

 

Mural cerámico en Ludwigshafen, Alemania (1971)

 

“Cabeza de un campesino catalán” (1925)

 

“Naturaleza muerta del zapato viejo” (1937)

 

“Mujer y pájaros” (1940)

 

“Hombre y mujer frente a un montón de excrementos” (1935)

 

“Perro ladrando a la luna” (1921)

 

 

“Manos volando hacia las constelaciones” (1971)

 

“Interior holandés” (1928)

 

“El carnaval del arlequín” (1922)

 

Fuente: Infobae.com