En vivo...

Estás escuchando...

Milenium Clásica

Panorama Mileniuminstagram @fmmilenium twitter @fmmilenium facebook @fmmilenium

El autor de esta nota no fue su amigo, pero lo entrevistó varias veces durante una década. Nada hubo comparable a oírlo: sólo leerlo, asegura

 

 Declaración indispensable.

1) Conocí a Borges.

2) Desde 1970 lo entrevisté diez o doce veces.

3) No fui su amigo: apenas el tenaz y maravillado lector de su obra; toda, y de relectura constante: la mayor y más luminosa lección para cualquiera que se gana la vida escribiendo.

4) Creo que sólo una vez pronunció mi nombre.

5) Estos antecedentes no me convierten, ni por asomo, en una de las tantas viudas aparecidas después de su muerte: señoras y señores que inventaron una íntima amistad con él, y que con descaro la repartieron en libros, películas y tevé: la mayoría, meros recopiladores. ¡Nada más fácil!

6) Sus más brillantes anécdotas le pertenecen, pero no todas: sus viudas las inventaron a troche y moche.

7) Jamás escribió ese espantoso poema titulado Sensaciones, divulgado en miles de copias y hasta pegado en ciertos comercios; por caso, una heladería… Advertí la falacia desde el título y la primera línea. De haber vivido entonces, ese esperpento habría acelerado su muerte.

Dicho esto, paso a lo esencial.

Nadie –salvo sus reales amigos y los periodistas que lo entrevistaron– sospecha siquiera el placer infinito que fue oírlo (detestaba el verbo Escuchar).

Hablaba como si escribiera. Sus pausas no correspondían a la fatiga o al aburrimiento sino a los puntos, las comas, y cada uno de los signos ortográficos.

En medio siglo de oficio entrevisté a un centenar de escritores (algunos, deslumbrantes). Pero el único que no exigía una edición del texto fue Borges. Eternamente se lo agradezco.

Su mítico departamento de Maipú y Marcelo T. de Alvear nada tenía de mítico. Era simple, austero –minimalista, se diría hoy– y escaso de libros: algo asombroso en un hombre que leía desde la niñez hasta que sus ojos claudicaron, y después mediante lectores y también amanuenses de sus dictados.

Pocos conocen un par de secretos que me fueron referidos por Fanny, su modesta asistente doméstica por largos años. Guardaba el dinero entre las hojas de sus libros, a riesgo de olvidar su paradero, y con un sutil detalle literario: los billetes de mayor valor se refugiaban en un ejemplar de Las mil y una noches…

Y a la hora de convocar al sueño, Fanny debía salpicar su almohada con unas gotas de perfume, y ponerle dos caramelos en la boca. Hábito, pero también materia para psicólogos…

Era adicto a las comidas sencillas, casi infantiles: fideos o arroz con manteca, copos de cereal con leche, y agua: la bebida ensalzada por Bioy Casares, su amigo de casi toda la vida.

 

 

Cuando lo conocí no tomaba alcohol, pero en su juventud agotaba copas de caña; a veces, hasta una ligera beodez.

Sin embargo, en una de mis mejores notas –acaso la más difícil– lo reuní con Ernesto Sabato luego de veinte años de enemistad, y en un bar de San Telmo pidió una tregua para brindar por el encuentro… ¡con caña!

A veces, lo mejor de mis entrevistas eran sus insólitos desvíos.

Recuerdo que cité la palabra Farolero (hombre rumboso y exhibicionista), y se detuvo en ella y en su posible origen durante una larga media hora.

En otra ocasión y en pleno reportaje, sonó el timbre. Abrió la puerta. Los visitantes, sin anuncio ni cita previa, eran cuatro estudiantes peruanos que querían conocerlo. Los recibió y habló con ellos no menos de una hora.

Terminada la charla, le pregunté porqué recibía a todo el mundo: gente que le quitaba tiempo a su trabajo, y recibí una lección de caballero:

–Bueno, porque soy un hombre educado.

Lección, también, para tantas figuritas intrascendentes que le dan largas, con excusas cliché, a los periodistas que los convocan.

Cierta vez, a pesar de su pedido de no publicar una entrevista y de mi firme promesa en tal sentido, fui traicionado por un editor –un jefe– que ordenó imprimirla a pesar de mis ruegos.

Fui hasta su casa para disculparme. Por primera vez lo vi desencajado, despeinado, con el cuello de la camisa abierto, y sin corbata.

Comprendí su disgusto. Le expliqué mi inocencia, pero me cortó en seco:

–A partir de ahora, hagamos un pacto de mutuo olvido –dijo, y me cerró la puerta en las narices.

Lejos de apenarme, me asombró la elegancia de la ruptura que propuso: sólo él…

Pasado un tiempo, sin ceremonia de reconciliación, olvidamos el pacto y volvimos a vernos sin rencor.

Una tarde, hablando de su perfecto cuento El Sur, escrito luego de pasar días y noches entre la vida y la muerte a raíz de una septicemia causada por una herida en la frente –el golpe de una ventana abierta al llegar a su casa entusiasmado por abrir una vieja edición de Las mil y una noches–, le pregunté que pasaría si la situación se repitiera:

–Bueno, el cuento quedaría desescrito…

Una historia de literatura fantástica que Bioy y Cortázar no hubieran desdeñado…

 

 

Una mañana, la charla derivó –años 70– a la violencia, la muerte y la sangre en las calles. Grupos armados recorrían la ciudad en autos de vidrios oscuros.

–¿Creo, Borges, que esos autos están vacíos. Que son guiados por espectros.

–Buen tema para un cuento –se entusiasmó.

–Se lo regalo. Escríbalo.

–No. Escríbalo usted. Seguramente lo hará mejor que yo. Temo que la torpeza de mi pluma lo arruine.

Nunca supe si fue un consejo sincero o uno de sus rasgos de humor ("La torpeza de mi pluma").

Poco importa. Pero en ese punto recordé algo que me contó fuera de entrevista. "Invitado a Alemania, me propusieron, como parte de la gira,  conocer una gran fábrica de jabones. ¡Imagínese! Pero les dije que poco o nada sabía sobre jabones, excepto su uso diario, de modo que no era digno de esa fábrica". Un Borges de pies a cabeza…

Desde luego, no es mi tarea llenar líneas con más anécdotas: otros lo hacen y siguen haciéndolo como su pan de cada día.

Sin embargo, me permito citar una de la que no fui testigo, como homenaje a su sabiduría, su sarcasmo, y hasta su coraje: una virtud que exaltó en cuentos y poemas por oposición: sin llamarse cobarde, lo sugería.

Según él, su vida había transcurrido entre libros y detrás de las rejas de un colegio inglés. No se creía un hombre de acción. Pero en plena efervescencia política de los 70, en universidades copadas por guerrilleros de café, y mientras él daba clases de inglés o escandinavo antiguos, un grupo irrumpió en el aula:

–Esta clase queda suspendida –sentenció un joven barbudo y disfrazado de militar: borceguíes y campera verde oliva.

–No comprendo el motivo –respondió Borges.

–Porque hay un acto en homenaje al comandante, compañero Che Guevara.

–Aun así, no me parece que deba suspender mi clase.

–Entonces le vamos a apagar la luz.

–Previendo una situación semejante, he tomado la precaución de ser ciego.

Ese recurso fue también un dardo hiriente que usaba cada vez que alguien le preguntaba si había leído a cierto escritor/a.

 

Se lo oí referido a dos notorias autoras argentinas, best sellers de su tiempo:

–He tomado la precaución de no leerlas…

En cuanto al coraje o la cobardía –no ejerció ninguna de ellas, pero fueron temas de algunos de sus cuentos–, su madre, Leonor Acevedo, lo asombró por su entereza:

–Los peronistas solían amenazarnos por teléfono. Ante una de ellas, madre contestó: "Mi hijo es ciego, de modo que golpearlo no es un mérito; y en cuanto a mí, tengo noventa años, de modo que apúrense, porque por ahí me les muero antes…"  

…………………………………………….

Es posible que, como escribió en un prólogo, haya cometido el peor de los pecados: no ser feliz. Pero aquello que lo hizo presumir desdichado es (y será por siempre) la infinita felicidad de sus lectores.

(Post scriptum: tengo en mi estudio una foto de Borges en un sencillo marco de madera. Su origen es un secreto homenaje. Apareció, a media página, en el diario La Nación. La recorté, y para disimular el papel común y la actualidad de la imagen, la teñí con café: un truco que aprendí en una agencia de publicidad para lograr el tono sepia, en general vinculado al ayer. Recién al tiempo comprendí que ese acto fue un doble homenaje: a mi profesión, que empezó y transcurrió en el mundo gráfico (el papel), y al genio, que entre sus firmes preferencias reveló… el sabor del café).

Fuente: Infobae

Autor: Alfredo Serra