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Los buscadores de Sonora hallan las pepitas con las que subsisten con la esperanza de lograr un hallazgo que les cambie la vida

 

Hace tres generaciones que Arturo Coronado Silva es gambusino, como se conoce en México a los buscadores de yacimientos minerales. Un buscador de oro como su padre, su abuelo y quienes los precedieron en Sonora, el estado del norte de México donde se ha reavivado una segunda fiebre del oro.

Como aquella que vivió el estado hace un cuarto de siglo, cuando eran los apaches, y no las fronteras, lo que dificultaba el paso entre Sonora y Arizona. "En este estado siempre ha habido oro", dice Manuel Rangel Vigueras, un hombre que hace 25 años compró su primer detector de metales para buscar oro.

Fundador del primer club de gambusinos en Sonora, sabe lo que esconde la tierra del desierto. Desde su llegada, dice, los españoles encontraron oro a ras de tierra en una zona que llamaron San Ildefonso de la Cieneguilla, hoy conocida como La Ciénega, en el municipio de Pitiquito que se ubica al noroeste del estado, entre Caborca y Altar.

Rangel asegura que allí los españoles llegaron a recolectar hasta 50 kilos de oro al día, "a simple vista, sin necesidad siquiera de cavar".

Esa zona hoy es conocida como "La Franja de oro de Sonora", dice Rangel Vigueras. Un lugar donde el oro, de muy alta ley, brota de la tierra a diario, asegura. Allí, un gambusino aficionado halló, a sólo 15 centímetros de profundidad de la tierra y con un sencillo detector de metales, "la bota de oro de Cortés". La pepita de oro de más de 12 kilos, la más grande descubierta en la región en años recientes, estaba en el lecho seco de un río en el desierto de Altar. La vendieron a Estados Unidos y durante varios años, desde 2013 que la encontraron, ha sido expuesta en distintas ciudades.

No es la única, dice Rangel. "Otro grupo de gambusinos también halló una pepita de 33 kilos, con valor de 18 a 22 quilates, que es la más grande que yo recuerdo". Don Arturo Coronado recuerda que "en el año 47, un tío mío con familia humilde, numerosa, agarró una pepita de oro de 7 kilos". Él, por su parte, encontró la más grande de "su carrera" en 1986. "Pesaba 850 gramos". Pero "de pedacito en pedacito he sacado más".

La riqueza de Sonora tiene doble origen: su orografía y su historia. Por su características orográficas, Sonora es el único desierto en América Latina con oro aluvial –que los ríos arrastran de las montañas. "En toda la zona del Pacífico –Alaska, Canadá, Estados Unidos, México y Perú– hay oro aluvial", dice Rangel. "Pero aquí, donde antes había lechos de ríos, ahora hay pura tierra, desierto, y la búsqueda que vemos en las películas, a la orilla de los ríos y con bateas, nosotros la hacemos en seco y con detectores", explica.

Don Arturo utiliza una "maquinita" que se llama polveadora, que funciona con aire y sirve para remover la tierra. "Arriba tiene un platillo donde se asienta el oro y ya uno nomás lo saca y lo lleva vender". Los compradores pagan a 600 pesos el gramo, dice.

Pero no es el dinero sino la aventura lo que mueve a los nuevos gambusinos, dice Rangel. Todo con tal de hallar algo de aquellos tesoros que sobreviven en las historias orales de gambusinos, heredadas de padres a hijo. "Dicen que aquí hay tesoros con grandes cantidades de oro acumulado por las tribus indígenas, el que dejaron los españoles de las minas de Álamo, o el que les arrebataron a los jesuitas de Caborca", asegura Rangel. Incluso dicen que el líder revolucionario Pancho Villa dejó por aquí enterrados los tesoros que fueron su botín durante la Revolución de 1910.

A sus 88 años, don Arturo es la historia viva de los gabusinos sonorenses. Como antes lo fueron su padre y su abuelo. "El papá de mi papá nació en 1850 y desde ese tiempo fue un gambusino que recorrió las Californias".

Los describe como "hombres rústicos, de monte", que viven a su ley, apegados al gambuseo porque no hay patrón que los mande. "Somos gente pobre, gente rústica, muchos no tienen carrera ni escuela, pero somos libres: esa es la misión del gambusino".

Coronado asegura que cualquiera puede viajar a esas tierras y convertirse en gambusino. "Se forja su maquinita o la compra y se va a trabajar; lo que saque de oro en el día no lo comparte con nadie, es de él y no se pagan impuestos", asegura. "Cualquier persona estando en terrenos del gobierno, libres, nacionales, puede llegar a donde nosotros vivimos y acampar donde les dé la gana, bajo en un árbol o río. No se pagan impuestos por eso".

El oro atrae a los espíritus aventureros, dice Rangel. A la fecha, su club de gambusinos suma 1.500 integrantes de todo Sonora, que salen de exploración en jornadas de 8 horas. "Lo que cada quien encuentra se lo queda, pero si hay un nuevo integrante, sin experiencia, lo compartimos con él para animarlo a seguir", dice. Porque nada hay más emocionante que buscar oro.